miércoles, 13 de marzo de 2013

Maravillosos Beneficios de la Vitamina C



NUEVA YORK (Reuters Health) - Una naranja al día puede mantener alejada la neumopatía, según una nueva investigación del Reino Unido.

En el estudio, investigadores confirmaron que las personas que consumen altas cantidades de vitamina C y magnesio tienden a poseer pulmones más sanos.

Por vez primera, la investigación mostró que las personas con aportes altos de vitamina C experimentan menos deterioro de la función pulmonar con el paso del tiempo.

Al minimizar el deterioro de la función pulmonar con el tiempo, una dieta que contenga muchos alimentos ricos en vitamina C podría disminuir las probabilidades de desarrollar enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), escribieron los autores en el American Journal of Respiratory and Critical Care Medicine.

La creciente evidencia ha sugerido que la vitamina C y otras vitaminas y minerales antioxidantes podrían estar involucradas en el asma y en la EPOC, un grupo de enfermedades entre las que se encuentran la bronquitis y el enfisema.

No se sabe con exactitud cómo los antioxidantes mantienen sanos los pulmones, aunque se conoce que estos neutralizan las sustancias dañinas para el ADN, conocidas como radicales libres, que contribuyen al envejecimiento y a las enfermedades.

Con anterioridad, Tricia M. McKeever y sus colegas de la Universidad de Nottingham hallaron, en un estudio de más de 2.600 adultos, que las cantidades altas de vitamina C y de magnesio se correspondían con unos pulmones más sanos, basándose en la determinación de la función pulmonar llamada volumen espiratorio forzado 1 o vEF1.

Nueve años más tarde, cuando los investigadores pudieron realizar un seguimiento a algo más de la mitad de los participantes originales del estudio, confirmaron estos hallazgos.

“Los aportes altos de vitamina C y magnesio están asociados con un grado mayor de función pulmonar”, dijo McKeever a Reuters Health. “Durante un período de nueve años, aquellos con altos aportes de vitamina C experimentaron un deterioro menos grave de la función pulmonar que los que consumieron menos”, añadió la investigadora.

“Una dieta rica en alimentos que aporten estos nutrientes parece ser beneficiosa para la salud pulmonar”, dijo McKeever.

La científica recomienda consumir suficiente vitamina C y otros nutrientes potencialmente beneficiosos para los pulmones mediante una dieta saludable que incluya las porciones recomendadas de frutas y vegetales.

Las pautas estadounidenses recomiendan de dos a cuatro porciones de frutas y de tres a cinco porciones de vegetales cada día.

El estudio no mostró ningún efecto del magnesio, la vitamina E o la vitamina A en el deterioro pulmonar con el paso del tiempo.

Un área importante de futuras investigaciones, según los autores, será el comprobar cuándo comienzan los beneficios de la vitamina C y otros nutrientes, así como observar si los cambios dietéticos pueden mejorar la salud pulmonar una vez que la función pulmonar ha comenzado a deteriorarse.

American Journal of Respiratory and Critical Care Medicine 2002;165:1299-1303.

(ADVERTENCIA ESTE ES UN ARTICULO QUE RECOMIENDA EL CONSUMO PERO SE DEBE TENER CUIDADO CON SUMINISTRAR VITAMINA C EN EMBARAZADA, CONSULTAR PRIMERO A SU MEDICO)

No la llaman el antibiótico de la naturaleza en vano
Por Bill Starr

La vitamina C es una pieza clave del rompecabezas del culturismo

Hace algún tiempo, telefoneé a mi amigo Rich para ultimar los detalles de una cita para salir a cenar con él y su mujer. Respondió Daniele, a quien apodo cariñosamente Twiggy por su cintura de avispa. Con una voz ronca y casi imperceptible, me comunicó que Rich no estaba en casa.

Para confirmar lo obvio, pregunté:
—¿Te encuentras bien?
—Estoy fatal. No consigo librarme de este resfriado.
Estaba embarazada de siete meses, así que no pude evitar preocuparme un poco.
—¿Has ido al médico?
—Sí, pero no parece que el medicamento que me ha recetado haga efecto. Volveré dentro de un par de días.
—Debes ponerle remedio antes. Di a Rich que te compre vitamina C. Si la encuentra en polvo, mejor; si no, que te la traiga en comprimidos. Tómate tres gramos la primera vez y, luego, uno cada hora hasta que te vayas a dormir.
—¿No es mucho? —musitó.
—Sí, pero de eso se trata: de inundar el organismo de vitamina C para que arrastre consigo todos los bichos. Come algo o mézclala con zumo o leche. No hay riesgo de sobredosis. A lo sumo, en el caso de que tomaras más de las que el cuerpo puede tolerar, te dará un poco de diarrea.
—Pues no te creas que eso no hace mucha gracia —replicó con una risilla floja.
—Quizás, pero un par de viajes al baño no serán peores que el estado en el que te encuentras ahora, ¿no?
—Sí, cualquier cosa será mejor que esto.
—Mezclar la vitamina C con alimentos anulará el efecto laxante, y no te recomiendo que sigas tomando los medicamentos que te ha recetado el médico, no en tu avanzado estado de gestación. Confía en mí: con la vitamina C se te curará el catarro.
Así fue. Cuando la llamé dos días después, al otro lado del teléfono oí una voz completamente distinta.
—Twiggy, parece que estás mucho mejor…
—Lo estoy —contestó, exultante—. Me tomé la vitamina C como me dijiste, y por la mañana el resfriado había desaparecido. No me lo podía creer.
—Por eso se la considera el antibiótico de la naturaleza. ¿Has tenido diarrea?
Rió:
—Un poco, pero reduje la dosis ligeramente y se cortó. Aún me parece increíble lo rápido que actuó. Nos habíamos gastado un montón de dinero en fármacos y resulta que me he curado con vitaminas. He cancelado la visita que tenía hoy con el médico. Le he dicho que me encontraba mejor, pero he especificado por qué. Dudo que me hubiera creído.
—Seguramente.

Me alegré por ella, pero a mí no me sorprendieron los resultados. A lo largo de mi vida, he utilizado dosis altas de vitamina C para combatir resfriados, gripes y alergias que me han afectado a mí y a muchas otras personas. Antes, siempre llevaba a la Universidad Johns Hopkins un bote de vitamina C en polvo y se la daba a los deportistas que llegaban acatarrados a la sala de pesos. Una cucharadita disuelta en un vaso de zumo de naranja tiene efectos inmediatos. Una persona puede curarse de una enfermedad si toma varias dosis elevadas de esta vitamina antes de que se agraven los síntomas.

No se trata de una información novedosa. Hace mucho que se conoce el valor terapéutico de la vitamina C, sobre todo en grandes cantidades. A mediados de los años cincuenta, Adelle Davis expuso sus virtudes en el clásico Let’s eat right to keep fit (Alimentarse bien para mantenerse en forma). En esa misma década, Bob Hoffman, fundador de la York Barbell Company, divulgaba los beneficios del ácido ascórbico entre los culturistas y los halterófilos.

Sin embargo, no fue hasta la publicación, en 1970, del libro Vitamin C y the common cold (La vitamina C y el resfriado común), cuando la sociedad empezó a tomar conciencia de las numerosas propiedades que posee esa vitamina. Su autor, el doctor Linus Pauling, no era un fabricante de suplementos que pretendía vender su producto, sino un respetado científico, la única persona que cuenta en su haber con dos premios Nobel no compartidos. Pauling defendía que la vitamina C curaba el resfriado común, reducía el colesterol y los triglicéridos, ayudaba a prevenir las afecciones cardiovasculares e incluso inhibía el desarrollo de tumores.

A pesar de ello, cuando hablo con culturistas y les pregunto si toman este valioso nutriente, la mayoría responde con una negación. ¿Por qué? Por dos motivos. Primero, se gastan el dinero en productos más exóticos: monohidrato de creatina, sulfato de vanadio o pseudoanabólicos como el testatropinol. O compran esteroides por correo. Segundo, imaginan que esos humildes complementos ya no resultan necesarios. Se equivocan.

¿De qué modo puede ayudarles la vitamina C en su búsqueda de tamaño y fuerza? Al margen de que estando sanos pueden entrenarse con mucha más dureza, les ofrece innumerables ventajas.
Empezaré por el colágeno. Entre las funciones de la vitamina C, destaca la síntesis del colágeno, una especie de material adhesivo que mantiene unidas las células, incluidas las que componen los músculos, los tendones y los ligamentos, pero también es importante para la salud de los vasos sanguíneos, los huesos y los dientes.

Asimismo, actúa con el calcio en la formación del tejido conjuntivo, que se encarga de proteger las delicadas paredes celulares de invasores dañinos. Para ello, sin embargo, necesita una cantidad determinada de vitamina C. Salta a la vista que nadie que desee ganar fuerza o masa muscular puede prescindir de esta vitamina.

La vitamina C desempeña un papel vital en el mantenimiento y el fortalecimiento del sistema inmunitario. Se ocupa de aumentar la movilidad de los glóbulos blancos. Estimula las importantes células B T, así como los macrófagos, los devoradores de células gigantes.

Cuando las toxinas entran en el organismo, los glóbulos blancos específicos empiezan a segregar sustancias químicas para destruir a los intrusos. Pero este proceso sólo se lleva a cabo en presencia de una cantidad determinada de vitamina C. Las células T y B (los glóbulos blancos más ofensivos) generan potentes anticuerpos —las inmunoglobulinas—, cuyo déficit favorece la aparición de enfermedades.

La vitamina C también protege el organismo como antioxidante, por su capacidad para neutralizar los radicales libres, subproductos nocivos de los procesos metabólicos normales. Pero también se forman con la exposición a la luz solar, a los rayos X, al ozono, al humo del tabaco, a los gases contaminantes y a otros agentes tóxicos. En otras palabras, no hay forma de evitarlos.

Los científicos consideran que esas moléculas intervienen en el desarrollo de enfermedades como el cáncer y las afecciones pulmonares, pero también en dolencias menos graves, como las cataratas. Los radicales libres son en gran medida los causantes del deterioro gradual de la salud que denominamos envejecimiento. Esos agentes exterminadores destruyen el ADN, la membrana celular y las células por completo. Sin el aporte preciso de vitamina C, sus efectos pueden ser fatales.
Hay más. La vitamina C fortalece el timo y los nódulos linfáticos, sí como otros mecanismos de defensa. Mitiga los síntomas alérgicos y resulta muy útil para combatir las infecciones de la próstata, los oídos, los ojos, los senos y las amígdalas. También ayuda a neutralizar la acción perniciosa de numerosos alérgenos. Los efectos de la fiebre del heno, el asma, las urticarias y el zumaque venenoso pueden minimizarse con una dosis elevada de esta vitamina, necesaria también cuando se toman medicamentos, porque los fármacos de cualquier tipo —incluso la aspirina— la consumen a gran velocidad.

Pensaréis: “Bueno, yo no tomo fármacos”. No estéis tan seguros. Un artículo publicado en el número de mayo de 2002 de la revista National Geographic señala que “hace más de medio siglo que los ganaderos añaden antibióticos al alimento de sus animales, desde que se descubrió que esos compuestos aceleraban su desarrollo. Varios estudios calculan que el volumen de los antibióticos que se administran a los animales iguala o supera el de la medicina humana”.

Por tanto, con la carne de cerdo, ternera, pollo o pavo se ingieren también antibióticos. Eso significa que debemos tomar la cantidad adecuada de vitamina como salvaguardia.
Todos sabemos por los medios de comunicación los problemas que ocasiona un nivel alto de colesterol. ¿Sabéis qué? La vitamina C ayuda a controlarlo. Interviene en la transformación de esos lípidos en los ácidos que se secretan con la bilis. Cuanto mayor sea su disponibilidad en el organismo, más alto será el nivel del colesterol bueno (HDL), el que reduce el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares.

En un ensayo realizado con culturistas en 1992, se comprobó que los que tomaban un mínimo de 200 miligramos diarios de vitamina C presentaba un nivel más alto de HDL. Estos datos revisten un enorme interés para los consumidores de esteroides, pues esos fármacos aceleran la degradación de HDL en el hígado y reducen su disponibilidad en la corriente sanguínea.

Aparte de sus beneficios para la salud, la vitamina C incide directamente en el rendimiento físico. Es necesaria para el metabolismo de las proteínas, y todo culturista que se precie conoce la importancia de este proceso en el aumento de la masa muscular y la fuerza. Pero, además, favorece la absorción del hierro, que proporciona energía. Un estudio demuestra que la adición de tan sólo 60 miligramos de vitamina C a una ración de arroz triplica la asimilación de ese mineral.

La intensidad que se sea capaz de generar en el gimnasio constituye una de las claves de los progresos de los culturistas, y la vitamina C cumple una función decisiva en este sentido. De ella depende que las vitaminas B desempeñen su cometido: convertir los alimentos que ingerimos en energía utilizable. Sin el aporte apropiado de vitamina C, el ritmo y la productividad de los entrenamientos se verán perjudicados.

Esta vitamina milagrosa también acelera la recuperación, otro de los pilares de una evolución continua. Las investigaciones científicas revelan que tomar un mínimo de 500 miligramos dos horas antes de acudir al gimnasio previene las agujetas. La mayoría de los expertos coincide en que esas molestias están causadas por el incremento de radicales libres que se produce con el ejercicio físico. Como ya he indicado, la vitamina C neutraliza esas moléculas, lo que reduce el tiempo de recuperación entre sesiones, y una recuperación más rápida se traduce en resultados más rápidos.
La vitamina C también potencia la recuperación restaurando las hormonas que se agotan durante los entrenamientos. El ejercicio vigoroso utiliza hormonas tan importantes como el cortisol y la adrenalina. Para restablecerlas, las glándulas suprarrenales necesitan una dosis precisa de vitamina C. Pero esas hormonas no sólo sufren alteraciones con la actividad física, sino con cualquier clase de estrés —físico, mental o emocional—.

Creo que ya he aducido suficientes argumentos que justifican el consumo de grandes cantidades de vitamina C, así que prosigamos. Pero, antes de abordar las dosis específicas, las diversas presentaciones y las pautas de consumo, me gustaría detenerme en los posibles efectos secundarios de una ingesta abusiva. Hace unos años, la prensa popular advertía del riesgo de formación de cálculos renales como consecuencia de una ingestión excesiva de vitamina C, pero estudios recientes desmienten ese extremo. También se rumoreaba que las megadosis causaban una especie de escorbuto de rebote si se interrumpían de forma repentina. Posteriormente, se comprobó que esa afirmación se basaba en un estudio no controlado.

A principios de los años ochenta, asistí a una conferencia que el doctor Pauling pronunció en San Francisco. En ella, le formularon la misma pregunta. Él contestó: “Las investigaciones demuestran que no hay riesgo de toxicidad ni reacciones adversas peligrosas. Multitud de personas toman hasta 100 gramos diarios sin mayores consecuencias. Quienes tomen de 10 a 20 gramos al día pueden notar un leve efecto laxante. Ese efecto es el baremo que establece la cantidad que una persona puede administrar a su organismo por vía oral. Sin embargo, las personas que sufren una enfermedad grave poseen una mayor tolerancia intestinal y admiten dosis más elevadas. En cualquier caso, tomar la vitamina C con alimentos o después de comer reduce esa reacción”.
Pasemos a las dosis. Los culturistas que se entrenan con intensidad no deben guiarse por la cantidad diaria recomendada (CDR) de 60 miligramos. De hecho, creo que ni siquiera deberían hacerlo quienes llevan una vida sedentaria. Con bastante frecuencia, cuando sugiero a alguien que está resfriado que tome mucha vitamina C, obtengo la siguiente respuesta: “Si me bebo un vaso de zumo de naranja todas las mañanas…”. Me parece estupendo, pero eso suponen 130 miligramos, y yo hablo de gramos.

El doctor Pauling dijo en la conferencia: “Creo que todos los adultos estadounidenses deberían tomar al menos tres gramos diarios de vitamina C. Recuerden: tres gramos son mejor que uno, y seis son mejor que tres”.

No era el único que aconsejaba las megadosis. El doctor Robert Cathcart, cirujano ortopédico y antiguo colaborador de la Universidad de Stanford, defiende las cantidades elevadas de esa vitamina como medio para combatir todo tipo de afecciones. Recomienda de 4 a 10 gramos para las personas sanas, de 30 a 60 para dolencias menores —como el resfriado común—, 100 para la gripe y la neumonía vírica, y hasta 200 para la mononucleosis.
Esas pautas me sorprenden incluso a mí, que soy bastante liberal al respecto. Sin embargo, lo que importa es que ese planteamiento tan radical funciona.

Yo consumo seis gramos diarios en comprimidos a lo largo de la jornada: el primero después de desayunar y el último antes de ir a dormir. Si me siento pesado o me encuentro en un ambiente cargado, me levanto de madrugada y me tomo otro gramo. La vitamina C actúa con eficacia durante el sueño; de hecho, ayuda a soñar, lo cual representa una ventaja adicional para mí.

No olvidéis que la vitamina C es hidrosoluble y que se elimina con facilidad, sobre todo en climas cálidos y húmedos. Si se suda con profusión o se ingieren grandes cantidades de líquidos —de cualquier tipo—, su nivel cae en picado. Yo recomiendo ir tomando dosis relativamente pequeñas (para mí, un gramo) durante el día para evitar periodos de deficiencia. Además, el organismo las aprovechará más.

Yo utilizo los comprimidos por comodidad, pero siempre tengo a mano vitamina C en polvo por si necesito adoptar medidas de choque cuando ataca la gripe o el ambiente está saturado de partículas de polen y polvo. Aconsejo a los padres con hijos de corta edad que la disuelvan en zumo en los meses fríos para protegerlos de los catarros.

Si bien creo que los suplementos constituyen el único modo de ingerir la cantidad suficiente de vitamina C, animo también a ingerir alimentos ricos en ese nutriente. Los cítricos encabezan la lista. Un pimiento maduro o un caqui contienen 300 miligramos. Media taza de guayabas puede aportar hasta un gramo. Verduras como las espinacas, las coles de Bruselas y el brécol constituyen fuentes excelentes, pero pensad que pueden perder el 50% de la vitamina C si se cuecen o se sumergen en agua.

Las manzanas, los plátanos, las patatas, la lechuga y los guisantes no se caracterizan por su riqueza en vitamina C, pero resultan opciones válidas por la abundancia con la que se consumen. El hígado también es bueno, al igual que la carne de cordero.

La vitamina C puede adquirirse en diversos formatos. ¿Cuál es el mejor? Me remito al doctor Pauling, que contestó a esta cuestión en la conferencia de San Francisco: “No importa si se trata de ácido ascórbico o de ascorbato de sodio, potasio, calcio o magnesio. La vitamina C es el ión de ascorbato; el contraión al que se una no tiene relevancia. Yo aconsejo la presentación más económica. No crean a los fabricantes que aseguran que su producto reporta muchos más beneficios”.

“Numerosas personas usan suplementos de liberación sostenida, y está bien si no les queda otra opción. Sin embargo, creo que tomar varias dosis a lo largo del día resulta más eficaz y barato. No me gustan los masticables para los niños porque su elevado contenido de ácido puede originar problemas dentales”.

A la pregunta de cuánto toma él, responde: “Dieciocho gramos diarios. Prefiero la combinación de ácido ascórbico y cristales de ascorbato sódico porque se disuelve con facilidad en agua. Me sale por 15 centavos al día”.

Eso nos lleva al aspecto económico. Yo ingiero lo que la mayoría consideraría dosis muy elevadas y he calculado que me gasto unos siete dólares mensuales, una minucia si se comparan con el precio de los medicamentos antigripales habituales o —Dios no lo quiera— una visita al médico y un fármaco de prescripción facultativa. Y, encima, la vitamina C da mejores resultados.

El sistema inmunitario recibe un bombardeo constante de toxinas procedentes del aire, los alimentos y el agua, así que debemos hacer cuanto esté en nuestra mano para fortalecerlo y garantizar su funcionamiento. La vitamina C es un arma fácil de conseguir y relativamente económica que nos ayuda a luchar contra las enfermedades. Si deseáis más tamaño y fuerza, haríais bien en utilizarla, porque yo no he visto nunca progresar a una persona enferma.

Concluiré con una cita del doctor Cathcart: “No es que la vitamina C funcione a veces. En las dosis suficientes, funciona siempre”.

Dosis de vitamina C recomendadas por el Dr. Cathcart
4-10 gramos • Mantenimiento de la salud
30-60 gramos • Dolencias menores
Hasta 100 gramos • Gripe y neumonía
Hasta 200 gramos • Mononucleosis

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