miércoles, 16 de mayo de 2012

APRENDER A ESCUCHAR Y TENER MENOS PROBLEMAS





Oír y escuchar son comúnmente utilizados como sinónimos, pero en realidad son conceptos distintos, siendo el segundo una virtud que pocos poseen.

Para muestra basta un botón: según estadísticas, el motivo número uno de divorcio es la mala comunicación, por no saber escucharse adecuadamente.

En el matrimonio la capacidad para discutir las discrepancias, es el principal indicador de una relación fructífera, donde saber resolver los problemas requiere saber escuchar. Este enunciado se puede adaptar muy bien a muchos otros aspectos de nuestra vida, por ejemplo, el entorno laboral o escolar, así como para entablar una amistad duradera.

Pese a que continuamente son utilizados como sinónimos, oír y escuchar son dos actitudes distintas. La primera refiere al acto de captar una sucesión de sonidos o palabras, en tanto que la segunda es prestar atención profunda a la comunicación.

Según estudios recientes, es mayor el tiempo que pasamos escuchando, que hablando, y para explicarlo mejor, los investigadores indican que del tiempo total que dedicamos a la comunicación, 22% se emplea en leer y escribir, 23% en hablar y el 55% restante, en escuchar. Lo anterior no quiere decir que estemos más dispuestos a escuchar que a hablar, sino que vivimos más expuestos a estar recibiendo información que a transmitirla.

Soy lo que oigo


Para el comunicólogo cubano Alexis Codina Jiménez el éxito de los más destacados directivos, a nivel empresarial, se basa en sus habilidades y conocimientos, pero también en saber escuchar.

Todos pensamos que hacerlo es importante, pero, ¿cuántos de nosotros lo hacemos bien? Mucha gente centra su atención en lo que va a decir después que termine de hablar la otra persona y esa, no es la mejor comunicación. Independientemente de los estudios que se haya cursado o de la experiencia de cada uno, se debe aprender a escuchar.

Al mostrar interés en la conversación del interlocutor, tendremos como ventaja elevar su autoestima, al mismo tiempo de generar un clima positivo para la comunicación y las relaciones interpersonales, de forma que se está contribuyendo a que la otra persona lo trate con idéntico respeto y consideración.

Además, podremos ampliar nuestro vocabulario indirectamente, haciéndonos personas más valiosas.

Algunos estudios han demostrado, que los individuos que tienen más éxito, independientemente de su ocupación, son los que cuentan con un vocabulario más amplio. Codina Jiménez apunta que los adultos con una educación media, poseen un vocabulario de aproximadamente 2 mil palabras y utilizan sólo 400, en el 80% de sus conversaciones, a diferencia de las personas de éxito que emplean cien palabras más en su vocabulario de trabajo.

Lo anterior también colabora en la disposición de más opciones para solucionar problemas, es decir, cuanto más amplio es el vocabulario, mayor es la capacidad del pensamiento para proporcionar mecanismos, con los cuales identificar y resolver las contrariedades. Los medios más efectivos para ampliar el vocabulario y, por tanto, para tener mayor variedad de opciones, son la lectura y la atención que se le presta al que habla.

Por otro lado, quienes saben escuchar con atención aprenden de forma indirecta. Está bien, nadie experimenta en cabeza ajena, pero quien sabe escuchar atentamente, descubre y se beneficia no sólo del estilo de los demás, sino también del contenido de sus mensajes.

No oigo, no oigo, soy de palo


Entre las razones principales por las que la mayoría no escuchamos con atención a los demás están:
Temor a ser influidos.
Pensar que somos los dueños de la verdad.
Considerar que el otro está equivocado.
Sentir que cuando uno habla puede ejercer más influencia que cuando escucha.

Otro factor que incide, es la tendencia que todos tenemos a ser selectivos, es decir, escuchamos principalmente las opiniones que coinciden con las nuestras, además de que entendemos los mensajes según el modo que nos conviene, adaptándolos a menudo a las propias concepciones, las cuales previamente nos hemos formado.

Otro investigador, el estadounidense Brian Robertson, identificó lo que denomina las "10 costumbres no productivas, más practicadas cuando se escucha", y que afectan directamente la buena comunicación; entre ellas incluye:


1. Falta de interés sobre el tema. (No existen asuntos sin interés, sino personas no interesadas).
2. Fijarse demasiado en el exterior y descuidar el contenido.

3. Interrumpir al que habla.

4. Concentrarse en los detalles y perderse lo principal.

5. Adaptarlo todo a una idea preconcebida (es decir, ausencia de empatía).

6. Mostrar una actitud corporal pasiva.

7. Crear o tolerar las distracciones.

8. Prescindir de escuchar lo que resulta difícil.

9. Permitir que las emociones bloqueen el mensaje.

10. Ensoñaciones. (Pensar en otra cosa, en lugar de concentrarse en lo que se escucha).

Igualmente, sobre los factores que inciden en la incomunicación, Alexis Codina refiere que hay muchos "ruidos" internos, que nos impiden escuchar o entender lo que nos dice una persona; por ejemplo, en el aspecto físico, podemos estar cansados o sentir alguna incomodidad; el ambiente puede ser demasiado caluroso o frío; nuestra mente puede estar distraída por una discusión reciente o tal vez, le estemos dando vuelta a un problema sin resolver. Lo más indicado es identificar cuál de estos puntos incide en nosotros para actuar sobre ellos y que no sean más importantes que la comunicación con alguien de interés verdadero. Por otra parte, la "cualidad" de escuchar está presente en el ser humano desde antes de nacer, y se desarrolla previamente a la posibilidad de expresarnos.

Científicamente se ha comprobado, que reconocemos la voz de nuestra madre en el vientre aproximadamente a los seis meses de gestación. Poco después, cuando pequeños, prestamos mucha atención a lo que se hablaba en nuestro entorno, lo cual marcó nuestra educación, prejuicios, escala de valores y experiencias. Ahora, esos son los filtros mentales a través de los cuales interpretamos lo que nos dicen, lo cual tiene mucha validez, pues a ello debemos lo que somos, pero ¿no valdría la pena retomar esa cualidad de niños y recuperar la atención que ahora se dispersa en mil factores? Habría que pensarlo bien, pues podríamos llegar a la misma conclusión.

. Armando Maronese

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